Como cronista y educadora, uno se acostumbra a transitar la incertidumbre junto a los jóvenes. Habitualmente vemos a estudiantes de dieciocho años cambiar de rumbo, abrumados por no saber qué camino tomar. Por eso, charlar en Buenos Aires con Matías Iru Cho, de apenas 14 años, desarmó por completo mis estructuras. No encontré a un chico ensayando respuestas tímidas, sino a un artista con una elocuencia y madurez asombrosas.
Al escucharlo decir de forma tajante: "Yo creo que siempre fui pianista", comprendí que estaba frente a una historia excepcional.
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| Matías Iru Cho en el Auditorio Nacional, Palacio Libertad. El piano que se ve en la foto fue tocado por primera vez por la famosa pianista argentina Martha Argerich - Creditos: Luna Chapur |
Introducción: La fijeza de la mirada
Quienes dedicamos nuestra vida a la
docencia universitaria nos habituamos a una especie de coreografía de la
indecisión. En los pasillos y en las aulas, lo común —lo saludablemente
esperable— es encontrarse con jóvenes de dieciocho, veinte o veintidós años que
transitan la incómoda neblina de la incertidumbre. Chicos que inician una
carrera con entusiasmo para abandonarla a los dos meses, muchachos que ensayan
identidades como quien se prueba ropa en un vestuario, abrumados por el peso de
una pregunta que los adultos les arrojamos como una piedra: ¿qué vas a ser
cuando seas grande? Aprendemos a acompañar ese titubeo, entendiendo que la
juventud es, por definición, un territorio maleable.
Por eso, cuando me senté frente a la
pantalla en este invierno de junio de 2026 para entrevistar a Matías
Iru Cho, todas mis estructuras pedagógicas se desmoronaron en los primeros
cinco minutos de conversación.
A través de la cámara no apareció el típico adolescente de 14 años ensayando respuestas tímidas o monosílabos incómodos para salir del paso. Me encontré, en cambio, con una presencia desconcertante. Matías, nacido en Buenos Aires el 4 de mayo de 2012, habla con una cadencia pausada, dueño de una elocuencia apabullante y una riqueza de vocabulario que ya querrían para sí muchos profesionales con décadas de carrera. Pero lo que verdaderamente congeló el ambiente no fue su madurez lingüística, sino la fijeza de su mirada y la serenidad de una declaración que no aceptaba réplicas:
"Yo creo que siempre fui pianista. No sé si diría que fue desde el momento que le pedí a mis padres que me compren un teclado. Yo creo que podría decir que soy pianista desde siempre. Es imposible de eludir, es algo que está dentro de mí, que no se puede separar de mí".
En sus palabras no había el menor rastro de arrogancia, ni esa sobreactuación tan propia de los chicos que intentan parecer adultos; había una asombrosa y casi mística aceptación de la realidad. Matías no padece el síndrome del impostor porque no está interpretando un personaje. Mientras el resto del mundo vive intentando convencerse de lo que es, este adolescente con doble nacionalidad argentina y coreana ya resolvió el enigma de su propia existencia.
Apenas unos días antes de nuestra charla,
el pasado 22 de junio de 2026, el circuito artístico local lo validó públicamente al
entregarle el Premio Revelación. Sin embargo, al observarlo, uno intuye
que el galardón, los aplausos y la repentina atención mediática son apenas
notas al pie, trámites burocráticos del mundo exterior para alguien que
entiende su oficio no como una carrera, sino como un elemento constitutivo de
su propio cuerpo, tan inseparable como sus dedos inusualmente largos.
Como cronista, la pregunta que me obsesionó
desde ese instante no fue cómo toca, sino cómo se gesta una certeza tan
implacable en un mundo tan frágil. Para intentar desenterrar esa respuesta,
tuve que pedirle a Matías y a su padre, Sungmo Cho, que hiciéramos un viaje hacia
atrás en el tiempo. Un viaje que nos llevó directo al living de un departamento
de propiedad horizontal y al fondo de un viejo baúl de recuerdos familiares.
Capítulo I: El refugio del plástico y la paradoja del alivio
Para comprender la fijeza de una roca,
primero hay que estudiar las filtraciones invisibles del agua que la moldearon
durante años. Con Matías ocurre lo mismo. Esa certeza granítica que hoy exhibe
a los catorce años no surgió de la nada a los once; fue el resultado de un
susurro primitivo que se hamacaba en su infancia más temprana, cuando el
lenguaje todavía no era una herramienta del todo disponible para él.
La intuición de una madre y el juguete del baúl
Corría el año 2015 en aquel departamento
familiar. Como cualquier niño de tres años, Matías experimentaba esos pequeños
cataclismos emocionales que los adultos solemos etiquetar a la ligera como
frustración o estrés infantil. Sin embargo, en su caso, las crisis no se
disolvían con el berrinche prolongado o el aislamiento molesto. Su madre, Mina Song,
poseedora de esa atención flotante y minuciosa que define la mirada materna,
empezó a registrar un comportamiento tan sutil como extraordinario.
Cada vez que el pequeño Matías se sentía
estresado, enojado o superado por alguna situación que le desagradaba, se
retiraba en silencio hacia una de las habitaciones de la casa. Allí, buscaba un
pequeño teclado de juguete, un artefacto que la familia conservaba en un baúl
casi por inercia. Frente a ese instrumento rústico, el niño empezaba a tocar o
a escuchar la música. Sungmo Cho, su padre, lo recuerda hoy con una mezcla de
desconcierto y asombro remanente: su esposa notaba que, en ese preciso
instante, el niño entraba en una dimensión de calma absoluta. El piano de
plástico operaba como un interruptor analgésico; el rostro contraído por el
enojo se transformaba en una expresión de disfrute y de profunda paz.
"Cuando Mati se sentía estresado o algo que no le gustaba, la madre se daba cuenta que cuando él tocaba ese teclado sentía una especie de paz... iba a una habitación y tocaba este teclado o cualquier cosa, y ella notaba que en ese momento se encontraba muy, muy a gusto. Muy, muy en paz". — Sungmo Cho, papá de Matías.
La comodidad del piso de arriba
Guiada por esa revelación doméstica, Mina Song decidió que aquella pulsión no podía quedar sepultada en un
baúl de recuerdos. Había que darle un cauce formal. La suerte —o esa sutil
arquitectura del destino de la que tanto habla el padre— dispuso que la
solución estuviera llamativamente cerca, apenas a unos metros sobre sus
cabezas. En el piso de arriba del mismo edificio residencial donde vivían,
había una profesora de piano. La conveniencia logística era imbatible: bastaba
con subir un tramo de escaleras para sacarlo un rato de la casa y poner sus
dedos sobre un instrumento real.
Aquella experiencia, desde la perspectiva
de los adultos, fue un intento fallido y truncado por la realidad. Las clases
duraron muy poco tiempo. La profesora vecina, aunque bienintencionada, carecía
por completo de las herramientas pedagógicas necesarias para capturar la
atención y guiar la motricidad de un alumno de tan tierna edad. Para los
padres, el experimento se cerró rápido con la lógica conclusión de que Matías
era demasiado chico y que la enseñanza del piano requería una estructura que el
niño aún no podía procesar de manera formal.
El rastro de "Estrellita"
Sin embargo, la memoria de los niños no se
rige por las agendas ni los diagnósticos de los adultos. Si bien para sus
padres aquellas clases fueron un trámite breve y estéril, en el registro
interno de Matías el recuerdo se guardó bajo una luz completamente distinta.
Cuando se le pregunta por esos días nublados de su primera infancia, Matías
escarba en su memoria y sorprende con una mirada luminosa. Él no recuerda la
frustración de la mala pedagogía, ni el tedio de los ejercicios repetitivos.
Para Matías, aquellas tardes en el piso de
arriba eran un territorio de fascinación pura. Recuerda nítidamente que no eran
clases aburridas, que no se quería ir y que la experiencia le resultaba
sumamente interesante. Y en el centro de ese recuerdo difuso, emerge una
melodía rudimentaria, la primera que sus dedos pequeños lograron hilvanar sobre
el teclado: "Estrellita, ¿dónde estás?"
Es una paradoja bellísima. Lo que para los
padres fue un pasatiempo conveniente que terminó rápido por cuestiones
técnicas, para Matías fue el primer pacto consciente con su instrumento. Las
clases se suspendieron y el teclado de juguete volvió a quedar en el fondo del
baúl por casi nueve años. El niño creció, corrió, fue a la escuela primaria y
vivió la rutina común de cualquier chico de Buenos Aires. Cualquiera hubiera
jurado que la música se había evaporado, que el ruido del plástico había sido
solo un mecanismo de defensa infantil contra el estrés cotidiano. Pero lo que
ocurrió en realidad fue un proceso de maduración silenciosa. La conexión
profunda ya había quedado sellada bajo llave en el inconsciente del niño. La
partitura invisible estaba escrita; solo hacía falta que el reloj biológico
marcara los once años para que Matías regresara a reclamar lo que siempre le había
pertenecido.
Capítulo II: La geografía del asombro y las paredes del azar
Hay espacios que se habitan de manera tan
profunda que terminan por filtrarse en el árbol genealógico de una familia. No
son meras estructuras de hormigón y ladrillo; son contenedores de tiempo,
testigos mudos de la repetición de los días, de las mudanzas emocionales y de
los hilos invisibles que unen a las generaciones. El lugar donde Matías Iru Cho
transcurrió su infancia en Buenos Aires posee esa densidad. No era un hogar de
paso; era un ancla.
Tres generaciones bajo el mismo techo
Durante la entrevista, el padre de Matías
desanda los años para explicar el entramado de las paredes que los cobijaron. Se
trata de un departamento ubicado en el piso once de un edificio de propiedad
horizontal que arrastra más de treinta y cinco años de historia familiar. Allí
se crió Sungmo Cho junto a sus hermanos; fue uno de los primeros logros
habitacionales del abuelo de Matías. Con el paso del tiempo, cuando los
hermanos crecieron y tomaron sus propios rumbos tras casarse, el departamento
no se vació; se transformó. El padre de Matías permaneció allí, conviviendo con
sus padres, y a ese mismo entramado de pasillos y recuerdos trajo a su esposa.
Fue bajo ese techo compartido por tres generaciones donde Matías abrió los ojos
al mundo y dio sus primeros pasos.
Imaginar la infancia de Matías en ese
departamento exige reconstruir una atmósfera saturada de cotidianidad y
herencia. El murmullo de los abuelos y el ir y venir de una familia coreana
adaptando sus costumbres al pulso vertiginoso de Buenos Aires. Y de fondo, como
un paisaje sonoro casi imperceptible, las listas de reproducción de música
clásica que el padre ponía mientras trabajaba en la computadora. Mozart y
Chopin no eran asignaturas escolares ni imposiciones estéticas; eran la banda
sonora de los almuerzos, el ruido blanco que acompañaba las tardes de juego en
el living. El niño respiraba esa música sin saber que, de manera silenciosa, su
oído estaba registrando cada frecuencia, cada tensión armónica, preparando el
terreno para lo inevitable.
El mito del piso doce
El edificio del barrio de Once guardaba un
secreto digno de una novela de realismo mágico. Una de esas casualidades que,
para quienes nos dedicamos a mirar la vida con ojos de cronista, poseen el peso
de un designio poético. En el mismo edificio, pero en el piso doce —apenas unos
metros de losa por encima de la cabeza del pequeño Matías—, vivía una de las
leyendas vivas más descomunales del piano argentino: Bruno Gelber.
El padre de Matías lo relata con la sonrisa
del vecino que recuerda una excentricidad barrial. La presencia del maestro era
un dato insoslayable para toda la comunidad del edificio. Gelber habitaba en
otro cuerpo de la estructura residencial, pero su llegada rompía la monotonía
del asfalto: arribaba en un imponente Bentley, un automóvil que parecía
extraído de otra época y de otra latitud. Todos los vecinos sabían quién era el
hombre que bajaba de ese vehículo de lujo.
Cuando este dato surge en la charla, la
tentación romántica de la cronista es inmediata. Uno quiere creer en la
telepatía musical, en el sonido de un piano de cola que atravesaba el hormigón
e iluminaba el living de los Cho. Uno se imagina al niño Matías hechizado por
los ecos de Beethoven o Brahms descendiendo del techo como una bendición
pagana. Pero es allí donde el padre de Matías interviene y se apresura a desactivar cualquier intento de construir un mito dorado a su
alrededor.
"Casualmente esto no tuvo influencia en Matías, pero acá en el piso 12, en el otro cuerpo del edificio, vivía Bruno Gelber. Todos los vecinos lo sabíamos porque venía en un Bentley, era muy conocido, pero nunca tuvimos contacto de nada. Solo saludar si nos lo cruzábamos en el pasillo, pero nada más".
La belleza del dato desmitificado
Esa aclaración me resultó uno de
los momentos más reveladores de nuestro encuentro. Un artista menor, o alguien
atrapado en la necesidad de agradar a la prensa, se hubiera colgado de la
figura de Gelber. Hubiera inventado que escuchaba sus ensayos a través de las
tuberías o que el saludo en el palier tenía el peso de una iniciación mística.
Matías no lo necesita. Su certeza es tan pura, tan autosuficiente, que no
requiere de señales externas ni de validaciones esotéricas para justificarse.
Gelber en el piso doce era simplemente una casualidad geográfica, un vecino
famoso que andaba en un auto costoso y a quien se le devolvía el saludo por
cortesía vecinal.
Aun así, la imagen literaria permanece
intacta para el lector de este blog. Mientras un gigante consagrado de la
música clásica descansaba en el piso doce, ajeno al mundo, en el piso once un
niño de dedos largos dormía bajo el mismo techo, escuchando los compilados de
YouTube de su padre, sin sospechar que las mismas ochenta y ocho teclas que le
daban gloria al vecino de arriba estaban esperando, agazapadas, el momento
exacto para reclamar su vida entera. Ese momento, el chispazo definitivo, no
tardaría en llegar.
Capítulo III: La noche de la exigencia y el despertar de las cascadas digitales
Entre los tres y los once años, la música
en la vida de Matías pareció replegarse en una suerte de hibernación
involuntaria. El teclado de plástico permanecía arrumbado, acumulando polvo en
la penumbra del baúl de los recuerdos, y los días transcurrían con la
normalidad lineal de cualquier chico en Buenos Aires. Pero el oído no olvida.
Las horas acumuladas escuchando las listas de reproducción clásicas que su
padre programaba como fondo en el entorno doméstico seguían allí, sedimentando
en el fondo de su conciencia. Hacía falta un detonante, una hendija por donde
esa corriente subterránea pudiera finalmente brotar con la fuerza de un
torrente. Ese chispazo llegó cuando Matías cumplió los once años, y el
escenario de su revelación fue una pantalla digital.
Las cascadas de luz en la pantalla
Antes de los conservatorios, de las
partituras complejas y de los grandes maestros, el primer contacto maduro de
Matías con la ejecución musical ocurrió en la absoluta soledad de su
computadora. Guiado por una curiosidad indescifrable, comenzó a pasar horas
frente a videos interactivos en plataformas digitales, esos tutoriales visuales
donde las notas musicales descienden como cascadas de luces de colores sobre la
representación de un teclado completo.
Sin saber leer una sola línea de partitura,
desprovisto de cualquier instrucción teórica sobre armonía o solfeo, Matías
empezó a descodificar la música a través de los ojos. Su cerebro traducía los
bloques de luz en movimientos de los dedos; copiaba las posiciones con una
velocidad pasmosa, memorizaba los intervalos y replicaba las obras imitando de
manera exacta lo que veía en la pantalla. Era un juego de espejos puramente
intuitivo y autodidacta. Sin embargo, el espacio físico del viejo juguete
familiar pronto se reveló como una celda estrecha para el tamaño de su ambición
musical y de sus manos, cuyos dedos empezaban a estirarse de forma inusual y
larga comparados con los de sus amigos. Fue en ese preciso instante cuando se
produjo el sismo doméstico.
El veredicto de un niño de once años
Matías no fue a pedirle un favor a sus
padres; no usó el tono titubeante de un niño que implora un regalo de
cumpleaños. Sungmo Cho recuerda ese momento con una nitidez casi fotográfica,
porque la contundencia de su hijo lo dejó sin margen de maniobra. Matías se
plantó en el living de la casa y, despojándose de cualquier infantilismo,
emitió un dictamen técnico e inapelable:
"Necesito un piano mejor, no puedo tocar con este tecladito que ni funciona".
Lo que el niño estaba exigiendo era un teclado electrónico profesional, completo, con las ochenta y ocho teclas tradicionales. El padre, analizando la situación con la natural prudencia de un abogado y la cautela de un progenitor habituado a los entusiasmos efímeros de la infancia, sonrió para sus adentros. En la entrevista, me confesó con una honestidad desarmante lo que cruzó por su mente en ese momento:
"Nosotros creímos que era el hobby de un niño que pide cosas y le compramos un juguetito porque en dos meses se va a aburrir... después un teclado más grande también pensando que se iba a aburrir en seis meses".
Aceptaron comprar el instrumento
electrónico de ochenta y ocho teclas bajo la secreta convicción de que
terminaría arrumbado junto al de juguete en cuestión de semanas. No sospechaban
que estaban financiando la construcción de una carrera de alto rendimiento. El
instrumento llegó a la casa y Matías, lejos de cansarse, se abalanzó sobre él
con la voracidad de quien encuentra un tesoro largamente buscado. El juego
autodidacta ya no bastaba; la complejidad de la música que llevaba en la cabeza
exigía un método formal.
El eslabón definitivo: De Selci a Juri
La llegada del nuevo teclado obligó a la
familia a buscar asistencia profesional, y el azar hizo que la primera
profesora formal en cruzar la puerta fuera Anahí Selci, una docente
egresada del Conservatorio Astor Piazzolla. Ella no tardó en percibir que el
chico que tenía enfrente no encajaba en los parámetros de un alumno promedio.
Bajo su guía, Matías no solo aprendió a leer partituras y a asimilar la técnica
elemental con una velocidad desconcertante, sino que consolidó sus primeras
nociones formalizadas a través de estudios de Czerny y piezas de Schumann.
Durante casi dos años, Selci moldeó las
manos de Matías, enseñándole la arquitectura oculta de las notas escritas. Pero
un verdadero maestro es también aquel que reconoce cuándo el vuelo de su alumno
exige un cielo más alto. En 2024, consciente del potencial excepcional de
Matías, Selci tomó una decisión generosa: organizó una clase magistral para
presentárselo a quien había sido su propio mentor.
Así fue como Matías conoció al maestro José
Luis Juri. Lo que originalmente se pensó como una sesión única de
asesoramiento, una clase solo para recibir consejos de un especialista, se
transformó de inmediato en un pacto definitivo. Juri escuchó tocar a ese chico
de doce años y supo que tenía que tomarlo como alumno regular. Supongo que, en
realidad, el maestro lo eligió a él.
A partir de ese encuentro en 2024, las
piezas del rompecabezas se acomodaron de manera definitiva. Matías ya no era el
niño que miraba luces en la pantalla de una computadora; ahora tenía un maestro
de linaje clásico, clases fijas los lunes y jueves, y una hoja de ruta que lo
obligaría a enfrentarse al veredicto más duro de todos: la construcción de una
disciplina diaria inquebrantable, una sonata de orden que transformaría por
completo el pulso cotidiano de la casa de los Cho.
Capítulo IV: La sonata del orden y la ingeniería del día a día
El romanticismo popular tiende a edificar
un mito sumamente distorsionado en torno a la figura del genio musical. Nos
gusta imaginar al artista como un ser errático, una criatura bohemia que
deambula por el mundo esperando ser asaltada por un rapto de inspiración
divina, una musa que desciende a dictarle las notas en medio de una noche de
fiebre creativa. La realidad de Matías Cho es mucho más espartana, más fría y,
precisamente por eso, infinitamente más admirable. Detrás del lirismo que brota
de sus dedos hay una rigurosa arquitectura horaria, una rutina que no sabe de
domingos, feriados ni vacaciones.
La economía del esfuerzo
Matías practica un promedio de cuatro horas diarias, de lunes a lunes, sin interrumpir jamás su esquema durante los fines de semana.
Cuando abordamos este punto en la
entrevista, me conmovió la lucidez con la que un chico de catorce años desarma
la mística del sacrificio agobiante para hablar, en cambio, de estrategia
técnica:
"Yo creo que uno debe practicar o estudiar de la manera más económica posible... lo más eficientemente. Al final, en un concierto, tocamos más de una hora y media y cuatro horas por día en realidad no es nada".
Para Matías, el piano no es un arrebato
emocional, sino una disciplina quirúrgica. Sabe perfectamente que sostener un
repertorio activo de más de doce obras complejas de memoria —donde predominan
las densas texturas de Frédéric Chopin, la sutileza impresionista de Claude
Debussy y la honda melancolía de Franz Schubert— exige una mente fría y
organizada. Incorporar una sola pieza nueva a su sistema nervioso le demanda
entre tres y cuatro meses de una lectura minuciosa y paciente. No hay atajos
posibles en el mapa de las ochenta y ocho teclas.
El blindaje de las horas
Hacer espacio para este nivel de
rendimiento dentro de la vida de un adolescente común requirió que la familia
Cho reconfigurara por completo sus estructuras tradicionales. El punto de
inflexión se dio al concluir la educación primaria. Matías asistía al colegio
Santa Catalina de Belgrano, una institución bilingüe de doble escolaridad cuya
altísima exigencia académica amenazaba con devorarse las horas que el piano
reclamaba con urgencia. Fue el propio Matías quien pidió un cambio. Los padres
comprendieron que el esquema tradicional debía ceder ante la vocación, por lo
que decidieron trasladarlo para el nivel secundario a un colegio ubicado a la
vuelta de su casa, con una carga horaria mucho más flexible.
Es en este nuevo escenario escolar donde
Matías despliega una concentración casi militar. Como educadora, me fascinó
descubrir su estrategia de supervivencia académica: Matías se impone la regla
estricta de completar la totalidad de las tareas escolares dentro del horario
de clases, aprovechando cada bache, cada minuto libre en el aula. Fuera del
colegio, la geografía, la historia escolar y la matemática dejan de existir. Al
cruzar la puerta de su hogar, su mente y su tiempo quedan blindados para el
instrumento. Sus compañeros de aula lo ven como a un par; no hay un asombro
desmedido en el día a día, aunque el apoyo se manifiesta de manera sutil a
través de las redes sociales cuando Matías comparte parte de su arte en las
plataformas digitales.
Un piano de cola y una planta de mango
Actualmente, las mañanas en la casa de los Cho transcurren bajo el influjo de los compases acuáticos y vertiginosos de Juegos de agua de Maurice Ravel, la obra contemporánea que Matías ha comenzado a desentrañar. El instrumento ya no es aquel teclado electrónico de los once años; ahora es un piano de cola que domina el espacio doméstico. Es un instrumento ruidoso, imponente, cuyo volumen reverbera en cada rincón de la vivienda. El padre me confiesa con una sonrisa que el estruendo es monumental, pero que tanto él como su esposa lo toleran con una devoción incondicional. Matías, con el humor fresco y pícaro de su edad, lo resume con una frase deliciosa:
Es muy ruidoso, pero se lo tienen que aguantar... soy muy afortunado de que mis padres lo toleren.
Al vivir ahora en una casa y no en un departamento, Matías goza de cierta libertad horaria, aunque se cuida de no tocar en plena madrugada. Sin embargo, la convivencia con el entorno barrial ha tenido sus pequeños roces. Con gracia, Matías recuerda la ocasión en que se ganó una queja formal de un vecino: entusiasmado y antes de salir hacia el colegio, decidió aprovechar una ventana de cinco minutos y se sentó a practicar a las 7:30 de la mañana de un martes. El destino golpea temprano, pero el vecindario no siempre está listo para escuchar a música clásica a esa hora.
Lejos del teclado, la vida de Matías no se
llena con los estímulos habituales de la juventud moderna. Me sorprendió saber
que no consume series, ni películas, ni se siente atraído por el universo del
manga o el anime que desvela a sus contemporáneos. Sus refugios recreativos son
de una naturaleza notablemente orgánica: le apasiona la jardinería y cuida con
celo una pequeña planta de mango que mantiene viva desde hace menos de un año.
Además, invierte su tiempo libre en el estudio autodidacta de idiomas, perfeccionando
su inglés, sumergiéndose en el francés —la lengua de la música que tanto ama— y
puliendo el coreano, el idioma de sus ancestros que sabe leer y hablar con
fluidez. Matías opera en un eje de tranquilidad doméstica, jugando con su
hermana menor, Victoria Lira, y disfrutando de la quietud de su hogar. Pero toda
esta preparación silenciosa, esta ingeniería del orden diario, no es más que el
ensayo general para el momento en que las luces de la sala se apagan y el
público exige el milagro de la música en vivo.
Capítulo V: El choque de dos mundos y el pacto del acompañamiento
Para un cronista, el verdadero nudo
dramático de una biografía no suele encontrarse en los momentos de aplauso
unánime, sino en las tensiones silenciosas que ocurren detrás de las puertas
cerradas, allí donde las expectativas de una familia se dan de bruces con la
fuerza indomable de una vocación temprana. En la historia de Matías, ese
conflicto no se tradujo en una rebelión violenta, sino en un proceso profundo y
conmovedor de metamorfosis familiar. Un choque entre los mapas predecibles de
la adultez tradicional y el abismo indescifrable del alto rendimiento
artístico.
La cuadrícula de las leyes tradicionales
En las familias que atesoran una fuerte
impronta académica y el legado de la cultura inmigrante, el porvenir de los
hijos se planifica con una cuadrícula clara: un colegio bilingüe de alta
exigencia, un ingreso universitario sin fisuras y un título colgado en la pared
que funcione como un escudo contra los vaivenes económicos de la región. El
arte, en ese esquema mental, suele quedar relegado al territorio idílico de los
pasatiempos dominicales.
Por eso, cuando Matías anunció de manera
implícita que la universidad tradicional no figuraba en sus planes y que su
vida entera pertenecería al piano, el piso se movió bajo los pies de sus
padres. Se encontraban de pronto ante un ecosistema desconocido, un mundo
hipercompetitivo del que no sabían nada y en el que, para su desesperación, se
descubrían incapaces de ofrecerle un consejo útil, una red de contactos o una
alternativa segura. El miedo a la intemperie profesional de su hijo los llevó a
intentar frenar la corriente.
El veredicto sobre la felicidad
En un intento desesperado por protegerlo de
la frustración y de un destino económico incierto, el padre decidió confrontar
al niño con la crudeza del mundo real. Quiso bajarlo a la tierra con una frase
que cualquier padre angustiado suscribiría:
"Yo le dije: 'Mirá que te vas a morir de hambre. ".
Cualquier otro chico de once o doce años se habría replegado ante el dictamen paterno, o habría dudado de sus propias fuerzas ante la advertencia del fantasma del fracaso. Pero Matías, una vez más, operaba en otra frecuencia. La respuesta que le devolvió a su padre no solo clausuró la discusión, sino que redefinió para siempre los valores de todo el hogar:
Mira, si termino enseñando a pibes de 10 años, no me importa. Voy a ser feliz haciendo esto.
Escuchar esa declaración de principios en la boca de su propio hijo provocó un quiebre absoluto. Los padres comprendieron que no estaban lidiando con el capricho testarudo de un niño que persigue el espejismo de la fama o el dinero, sino con una necesidad existencial pura, despojada de ambiciones accesorias. Matías ponía la felicidad de tocar en el centro de la balanza, aceptando de antemano cualquier supuesta austeridad con tal de no separarse del instrumento. Ante esa madurez aplastante, entendieron que seguir resistiéndose era un ejercicio inútil y soberbio. Decidieron capitular, deponer sus miedos tradicionales y firmar un pacto de amor incondicional: si no podían guiarlo en un territorio que desconocían, se convertirían en sus custodios más fieles.
La calma de la mánager y el temblor de la platea
A partir de ese instante, la dinámica
familiar mutó de la resistencia a una amorosa división del trabajo. Dejaron de
intentar darle consejos técnicos o profesionales, asumiendo con humildad que
Matías tenía su camino mucho más claro que ellos. La figura de Mina Song, su madre, cobró
entonces un rol fundamental: se transformó en la mánager informal de la carrera
del joven, la encargada de la logística diaria, de los puentes institucionales
y, sobre todo, de proveer un colchón de optimismo y tranquilidad emocional
indispensable para proteger el entorno de Matías de las tensiones del afuera.
El padre, por su parte, bromea con su
propio papel actual. Se define como un espectador crónico y sumamente nervioso.
Mientras su esposa blinda al niño con calma, él sufre en la platea el calvario
de los padres de artistas de alto rendimiento: el pánico a que una nota falle,
a que el chico se congele, a que el veredicto del público sea adverso. Siente
los nervios correr por el cuerpo en cada presentación formal o en eventos de
gran visibilidad, como la entrega del premio del día 22 de junio, pero cuida con esmero
que ese temblor propio jamás cruce la línea para contaminar la seguridad de
Matías. Los Cho aprendieron a soltar el control para transformarse en el
refugio silencioso de un artista que camina con paso firme hacia el abismo
luminoso del escenario.
Capítulo VI: El bautismo del palacio y la partitura del presente
El verdadero templo de un músico no está
hecho de las maderas nobles de su instrumento ni de las paredes aisladas de su
sala de ensayo; se edifica en ese instante suspendido en el aire donde el
silencio del público se encuentra con la primera nota ejecutada sobre el
escenario. Es un abismo negro, un territorio donde ya no valen las protecciones
domésticas y donde el artista queda expuesto a la verdad de su propia técnica.
Matías conoció ese vértigo formal en marzo de 2025, cuando sus manos
contaban con apenas doce años y sus pies debían estirarse con precisión para
alcanzar los pedales del gran piano de cola del Auditorio del Palacio Libertad.
El peso de las mil miradas
El Palacio Libertad impone respeto desde su
sola arquitectura monumental, pero su sala principal, con una capacidad que
supera las mil personas, es capaz de encoger el corazón de intérpretes
consagrados. Aquella tarde de marzo, el recinto se encontraba cubierto a tres
cuartos de su capacidad. Una marea de cientos de cabezas anónimas esperaba en
la penumbra. Matías compartía el concierto con algunos pianistas de su
generación, pero el momento de caminar en solitario hacia el centro de las
luces es un trámite estrictamente individual.
Allí, frente a un monstruo de mil ojos,
Matías ejecutó un repertorio de una madurez sobrecogedora: abordó como solista
los Impromptus opus 90 número 2 y opus 142 número 3 de Franz Schubert, y
luego entrelazó sus dedos a cuatro manos con su compañera Ana Paula Rodríguez
Núñez —quien hoy continúa su formación en Roma— para interpretar el primer y
cuarto movimiento de la Petite Suite de Claude Debussy.
Como educadora, no pude evitar preguntarle
por el fantasma que desvela a todo músico en vivo: el miedo paralizante a la
equivocación, al dedo que tropieza en una corchea, a la memoria que sufre un
apagón repentino en medio de un compás complejo. Su respuesta fue una lección
de templanza profesional que desactivó cualquier atisbo de melodrama
adolescente:
"Siempre está ese miedo, el nerviosismo de equivocarme... pero siempre intento pensar para adelante. Si me equivoco algo, yo intento ya estar pensando en lo que sigue. Actúo como si nada hubiera ocurrido y sigo adelante. Siempre intento ir hacia adelante".
Esa capacidad para no ensañarse con el
error, para "seguir de largo" y disolver la nota falsa en la fluidez
de la melodía que viene, es la frontera invisible que separa al ejecutante del
artista maduro. El público común jamás nota la fisura porque Matías no les da
el derecho al espectáculo de su duda. Quien sí lo sufre, en una sincronía casi
cómica de roles, es el propio padre desde la platea, conteniendo la respiración
en cada transición armónica mientras su hijo domina el escenario con la
frialdad de un cirujano.
Cuarenta segundos de temblor
Esa asombrosa seguridad sobre el teclado
contrasta, de una manera profundamente humana, con los pequeños tropiezos que
le impone su timidez fuera de la música. El pasado 22 de junio de 2026, el
ambiente artístico local decidió premiar formalmente su meteórico ascenso
entregándole el Premio Revelación. Fue un hito que conmovió a toda la
familia reunida en la sala, una señal inequívoca de que el mundo de la música
clásica ya lo estaba adoptando como uno de los suyos.
Sin embargo, el protocolo de la premiación exigía algo que a Matías le resulta infinitamente más terrorífico que una partitura de Chopin: pararse frente a un micrófono y hablarle a la gente. Cuando en la entrevista le mencioné la foto donde se lo ve sosteniendo el micrófono con una seriedad imponente, Matías se rió con timidez y confesó la verdad detrás de la estampa:
No, estaba tan nervioso que dije cualquier cosa... El miedo es congelarme, ¿no? Olvidarme qué decir y que la gente me mire. Dije lo de siempre: muchas gracias, agradezco al maestro... Creo que hablé cuarenta segundos.
Resulta un detalle hermoso para el blog. El mismo chico que puede dominar la tensión métrica de Schubert ante mil personas se descubre frágil y vulnerable cuando le quitan las ochenta y ochenta teclas y lo obligan a defenderse únicamente con la palabra desnuda. Es el recordatorio perfecto de que, detrás de la madurez de su arte, late todavía el corazón en crecimiento de un adolescente de catorce años.
La orquesta en el horizonte
El presente de Matías no se detiene a
saborear los laureles de las distinciones recientes. Su mirada está puesta en
los meses de octubre y noviembre de este 2026, donde el nivel de exigencia dará
un salto definitivo. Además de un nuevo concierto solista, Matías se prepara
para su absoluto debut con orquesta. Se subirá al escenario junto a la Orquesta
Amadeus, bajo la dirección calificada del maestro Alfredo Corral, para
interpretar una obra monumental: el concierto número 15 de Wolfgang Amadeus
Mozart, una cita que tendrá lugar en una parroquia del barrio de Belgrano.
Para Matías, tocar con una orquesta no es
un ejercicio de ego, sino un diálogo de precisiones donde el piano asume el rol
de un solista absoluto que debe guiar y ser acompañado dentro de una filigrana
musical diseñada hace siglos. Mientras ensaya los pasajes de Mozart y continúa
puliendo de manera paralela las texturas de Ravel, sus metas de mediano plazo
se consolidan con una nitidez pasmosa. No hay dudas en su horizonte: al
terminar la escuela secundaria, armará las valijas y partirá hacia Europa. Su objetivo
principal está fijado en España, donde planea audicionar para el prestigioso
Conservatorio Reina Sofía, aunque Francia y sus academias se presentan también
como una posibilidad idílica para su música. Sabe que necesitará contactos,
recomendaciones de maestros y un currículum intachable, pero su estimación de
éxito es de un noventa y nueve por ciento. Sin embargo, lo que verdaderamente
estremece de su hoja de ruta no es su destino europeo, sino el puerto
definitivo que ha elegido para el invierno de su vida.
Capítulo VII: La paradoja del regreso y el
eterno retorno oriental
Existe una fuerza magnética invisible que
los griegos llamaban nostos, el impulso irrefrenable del regreso a la
tierra de origen, el viaje hacia las raíces que define el mito de Ulises. Lo
verdaderamente asombroso en la historia de Matías es que este magnetismo no
opera como un recuerdo de la infancia, sino como una memoria celular, un mapa
genético que apunta hacia Oriente con la precisión de una brújula infalible. Él
nació en Buenos Aires, habla con el fraseo característico de los jóvenes
porteños y su porvenir técnico está ligado al canon de la música clásica europea.
Sin embargo, su cordón umbilical con la República de Corea posee una
potencia que estremece.
El idioma y la herencia de la península
A diferencia de otros hijos de la diáspora
que se mimetizan por completo con el entorno local, relegando los orígenes a la
intimidad del hogar, Matías ha decidido colonizar su propia herencia. Habla
coreano con fluidez, sabe leerlo y escribirlo, y dedica horas de su escaso
tiempo libre a investigar de manera autodidacta la compleja historia, la
política y los dolores históricos de la tierra de sus mayores. Durante la
entrevista, cuando su padre lamentaba no tener el tiempo suficiente para
guiarlo en esa búsqueda histórica debido a las exigencias de su propia
profesión, no pude evitar intervenir desde mi rol de cronista. La literatura
actual, les sugerí, es un puente fabuloso para entender esos desgarros: novelas
como Pachinko, que narran la dura épica de los coreanos apátridas en
Japón, o la crudeza poética de la escritora Han Kang, o incluso las crónicas
sobre las haenyeo, las míticas buceadoras de la isla de Jeju, son
ventanas perfectas para que Matías termine de comprender de dónde viene la
melancolía que a veces habita en sus composiciones favoritas.
Para Matías, esa tierra no es una
abstracción de los libros de geografía ni un relato difuso de sobremesa. Allí
están sus raíces más vivas: sus abuelos maternos, sus tías y sus primos de una
edad similar a la suya, con quienes reconecta de inmediato en cada viaje de
vacaciones, transformando la distancia inicial en un vínculo tan estrecho como
el de dos hermanos.
Pero es al caminar por las calles de la
península donde se produce el fenómeno más sutil y profundo de su identidad.
Matías experimenta allí el alivio de la pertenencia física: la tranquilidad de
verse inmerso en una multitud donde todos lucen exactamente como él. En una
edad tan compleja como los catorce años, donde la identidad suele ser un campo
de batalla, ese espejo colectivo opera como un remanso espiritual.
Fluctuar con el destino
Es en este trasfondo cultural donde el
padre encuentra la explicación última a la desconcertante seguridad de su hijo.
Reflexionando sobre la idiosincrasia de su pueblo, me explica que la cultura
coreana lleva inoculada una profunda reverencia por el destino, una filosofía
que enseña a no desgastarse luchando en contra de la corriente, sino a aceptar
y fluir con el camino que se presenta. Matías, sin habérselo propuesto de
manera consciente, encarna esa herencia ancestral a la perfección. Su
disciplina diaria de cuatro horas, su renuncia a las distracciones comunes de
la adolescencia y su fijeza ante el piano no son un sacrificio impuesto; son la
aceptación natural de un cauce que ya estaba cavado en su historia familiar
antes de que él naciera.
La paradoja más bella y poética de todo
nuestro encuentro brotó cuando le pedí a Matías que proyectara su vida en el
largo plazo, en ese futuro remoto donde las luces de los grandes teatros de
Madrid o París ya hubieran atenuado su brillo inicial. Este adolescente
argentino, con un porvenir dorado esperándolo en Europa, me miró a través de la
cámara y me confesó que su máximo anhelo es mudarse de manera definitiva a
Corea cuando sea un anciano de setenta años. Lo deslumbrante, lo que me obligó
a detener mis anotaciones, fue el verbo exacto que eligió para formular su
respuesta:
"Siento que estoy conectado con el país de mis orígenes, de mis ancestros. Así que volver algún día sería ideal para mí... volver a vivir en Corea cuando sea anciano... sería el paraíso".
Resulta un giro lingüístico de un lirismo
absoluto. Un chico de catorce años que nació en Buenos Aires, que se crió bajo
el asfalto porteño y que jamás ha residido de forma permanente en la península
coreana, utiliza la palabra "volver". Porque para Matías Iru
Cho, el hogar definitivo no es el suelo donde se da el primer paso, sino ese
territorio espiritual y lejano hacia el cual lo van empujando, compás tras
compás, las ochenta y ocho teclas de su piano.
Epílogo: El círculo perfecto
Al detener la grabación y cerrar la ventana
de la videollamada, me quedé un largo rato en silencio frente a la pantalla
vacía. Pensé en el niño de tres años que buscaba el teclado de plástico en el
baúl para curar su frustración; pensé en el adolescente que a los once exigió un
instrumento real para cumplir con su mandato interno; y pensé en el artista que
hoy, a los catorce, camina con paso firme hacia los escenarios europeos.
La historia de Matías Iru Cho desborda los
límites de una simple crónica musical. Es un recordatorio, casi una advertencia
para los educadores, de que a veces la vida no se construye a través de la duda
y el ensayo, sino que viene tallada de antemano con una nitidez que nos obliga
a deponer nuestros consejos tradicionales. Mientras termino de escribir estas
líneas en mi blog, me gusta imaginar que en alguna casa de Buenos Aires se
escucha el sonido obstinado de un piano de cola desafiando el silencio de la
tarde. Son las manos de Matías, trazando el puente transcontinental que une su
presente argentino con el pasado de sus ancestros y el paraíso de su eterno
retorno.




Esta hermosa crónica denota la importancia de la necesaria mirada de la familia para despojar de ataduras aquellas habilidades innatas en los niños. Mis felicitaciones a los padres de Matías, que fueron capaces de brindarle ese espacio imprescindible para que pueda realizarse y ser feliz. También para Matías, que no eligió el camino fácil, sino ese que para él era el correcto.
ResponderBorrarUna crónica exquisita que entrelaza esos detalles cotidianos que construyen futuros exitosos.